domingo, 26 de junio de 2011

Novena del Sagrado Corazón de Jesús


Día tercero:
Tema: La Iglesia-comunión en el período que siguió a Pentecostés (5.II.92)

1. Los primeros rasgos de la comunidad que se iba convertir en la Iglesia se encuentran ya antes de Pentecostés. La 'communio ecclesialis' se formó siguiendo las recomendaciones hechas directamente por Jesús, antes de su ascensión al cielo, en espera de la venida del Paráclito. Aquella comunidad ya poseía los elementos fundamentales que, después de la venida del Espíritu Santo, se consolidaron aún más y cobraron relieve. Los Hechos de los Apóstoles nos dicen: 'Acudían asiduamente a la enseñanza de los Apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones' (Hech. 2, 4) y también: 'La multitud de los creyentes no tenía sino un solo corazón y una sola alma' (Hech. 4, 32). Estas últimas palabras expresan, tal vez de modo más claro y más concreto el contenido de la koinonia, o comunión eclesial. La enseñanza de los Apóstoles, la oración en común .también en el templo de Jerusalén (Cfr. Hech 2, 46). contribuían a esa unidad interior de los discípulos de Cristo: 'un solo corazón y una sola alma'.

2. Con vistas a esa unidad, un momento muy importante era la oración, alma de la comunión, de manera especial en las situaciones difíciles. Así, leemos que Pedro y Juan, después de haber sido puestos en libertad por el Sanedrín, 'vinieron a los suyos y les contaron todo lo que les habían dicho los sumos sacerdotes y ancianos. Al oirlo, todos a una elevaron su voz a Dios y dijeron: Señor, tú que hiciste el cielo y la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos ...' (Hech 4, 23.24). 'Acabada su oración, retembló el lugar donde estaban reunidos, y todos quedaron llenos del Espíritu Santo y predicaban la palabra de Dios con valentía' (Hech 4, 31). El Consolador, como se ve, respondía también de modo inmediato a la oración de la comunidad apostólica. Era casi un coronamiento constante de Pentecostés.
Dicen también los Hechos: 'Acudían al templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu, partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón' (Hech 2, 46). Aunque también en ese tiempo el templo de Jerusalén era el lugar de oración, celebraban la Eucaristía 'por las casas', uniéndola a una alegre comida en común.
El sentido de la comunión era tan intenso que impulsaba a cada uno a poner sus propios bienes materiales al servicio de las necesidades de todos: 'Nadie consideraba como propiedad suya lo que le pertenecía, sino que todo era común entre ellos'. Eso no significa que tuviesen como principio el rechazo de la propiedad personal (privada); sólo indica una gran sensibilidad fraterna frente a las necesidades de los demás, como lo demuestran las palabras de Pedro en el incidente con Ananías y Safira (Cfr. Hech 5, 4).
Lo que se deduce claramente de los Hechos, y de otras fuentes neotestamentarias, es que la Iglesia primitiva era una comunidad que impulsaba a sus miembros a compartir unos con otros los bienes de que disponían, especialmente en favor de los más pobres.

3. Eso vale aún más con respecto al tesoro de verdad recibido y poseído. Se trata de bienes espirituales que debían compartir, es decir, comunicar, difundir, predicar, como enseñan los Apóstoles con el testimonio de su palabra y ejemplo: 'No podemos nosotros dejar de hablar de lo que hemos visto y oído' (Hech 4, 20). Por eso hablan, y el Señor confirma su testimonio. En efecto, 'por mano de los Apóstoles se realizaban muchas señales y prodigios en el pueblo' (Hech 5,12).
El apóstol Juan expresaba este propósito y este compromiso de los Apóstoles con la declaración que hace en su primera carta: 'Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo' (1 Jun. 1, 3). Este texto nos da entender la conciencia que tenían los Apóstoles, y la comunidad primitiva formada por ellos, sobre la comunión de la que la Iglesia saca su impulso hacia la evangelización, que a su vez sirve para un desarrollo ulterior de la comunidad ('communio ecclesialis').
En el centro de esta comunión, y de la comunión en que se abre, se encuentra Cristo. En efecto, escribe Juan: '(Os anunciamos) lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida, pues la Vida se manifestó, y nosotros la hemos visto y damos testimonio y os anunciamos la Vida eterna, que estaba vuelta hacia el Padre y que se nos manifestó' (1 Jun. 1, 1.2). San Pablo, a su vez, escribe a los Corintios: 'Fiel es Dios, por quien habéis sido llamados a la comunión con su hijo Jesucristo, Señor nuestro' (1 Cor. 1,9).

4. San Juan pone de relieve la comunión con Cristo en la verdad. San Pablo subraya la 'comunión en sus padecimientos', concebida y propuesta como comunión con la Pascua de Cristo, comunión en el misterio pascual, o sea, en el 'paso' redentor del sacrificio de la cruz a la manifestación del 'poder de la resurrección' (Flp. 3, 10).
La comunión y la Pascua de Cristo, en la Iglesia primitiva, y en la de siempre, se convierte en fuente de comunión recíproca: 'Si sufre un miembro, todos los demás sufren con él (1 Cor. 12, 26). De aquí nace la tendencia a compartir los bienes temporales, que san Pablo recomienda dar a los pobres, casi para llevan a cabo una cierta compensación, en la equiparación de amor entre el dar de los que tienen y el recibir de los necesitados: 'Vuestra abundancia remedia sus necesidades, para que la abundancia de ellos pueda remediar también vuestra necesidad' (2 Cor. 8, 14). Como se puede ver, los que dan, según el Apóstol, reciben al mismo tiempo. Y ese proceso no sirve sólo para nivelar la sociedad (Cfr. 2 Cor. 8, 14.15), sino también para edificarla comunidad del Cuerpo-Iglesia, que 'recibe trabazón y cohesión...,realizando así el crecimiento del cuerpo para su edificación en el amor' (Ef. 4,16). También mediante ese intercambio la Iglesia se realiza como 'communio'.

5. La fuente de todo sigue siendo siempre Cristo, en su misterio pascual. Ese 'paso' del sufrimiento al gozo fue comparado por Cristo, según el texto de Juan, con los dolores del parto: 'La mujer, cuando v dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora; pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo (Jun. 16, 21). Este texto puede referirse también al dolor de la Madre de Jesús en el Calvario, como a la mujer que 'precede' y resume en si a la Iglesia en el 'paso' del dolor de la Pasión al gozo de la Resurrección. Jesús mismo aplica esa metáfora suya a los discípulos y a la Iglesia: 'También vosotros estáis tristes ahora, pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar' (Jn 16, 22).

6. Para realizar la 'comunión' y alimentar la comunidad congregada en Cristo, interviene siempre el Espíritu Santo, de forma que en la Iglesia siempre se da la 'comunión en el Espíritu' (koinonia pneumatos), como dice san Pablo (Cfr. Flp. 2,1). Precisamente mediante esta 'comunión en el Espíritu', también el compartir los bienes temporales entra en la esfera del misterio y sirve a la institución eclesial, incrementa la comunión y ésta se resuelve en un 'crecer en todo hasta aquel que es la Cabeza, Cristo' (Cfr. Ef. 4, 15).
De Cristo, por él y en él, en virtud del Espíritu vivificante, la Iglesia se realiza como un Cuerpo 'que recibe trabazón y cohesión por medio de toda clase de junturas que llevan la nutrición según la actividad propia de cada una de las partes' (Ef. 4, 16). De la experiencia de 'comunión' de los primeros cristianos, percibida en toda su profundidad, derivó la enseñanza de Pablo sobre la Iglesia como 'Cuerpo' de Cristo 'Cabeza'.

sábado, 25 de junio de 2011

Segundo Día de la Novena al Sagrado Carazón de Jesús


El primer germen de la comunión eclesial (29.I.92)

1. Leemos en los Hechos de los Apóstoles que los discípulos 'entonces (es decir, después de la Ascensión de Cristo resucitado a los cielos) se volvieron a Jerusalén... Y cuando llegaron subieron a la estancia superior, donde vivían, Pedro, Juan, Santiago y Andrés; Felipe y Tomás; Bartolomé y Mateo; Santiago el de Alfeo, Simón el Zelotes y Judas de Santiago. Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos' (Hech 1, 12.14). Esta es la primera imagen de aquella comunidad, 'communio ecclesialis', que los Hechos .como se puede comprobar. nos describen con bastante detalle.
2. Era una comunidad reunida por voluntad del mismo Jesús que, poco antes de volver al Padre, había ordenado a sus discípulos que permanecieran unidos en espera del gran acontecimiento que les había anunciado: 'Voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre. Por vuestra parte, permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de poder desde lo alto' (Lc. 24, 49).
El evangelista Lucas, autor también de los Hechos de los Apóstoles, nos introduce en esa primera comunidad de la Iglesia en Jerusalén, recordándonos la recomendación de Jesús mismo: 'mientras estaba comiendo con ellos, les mandó que no se ausentasen de Jerusalén, sino que aguardasen la promesa del Padre, que oísteis de mí: Que Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días' (Hech 1, 4).

3. Esos textos nos dan a entender que esa primera comunidad de la Iglesia, que debía manifestarse a la luz del sol el día de Pentecostés con la venida del Espíritu Santo, se había formado por orden de Jesús mismo, que le había dado por así decir. su propia 'forma'. El último de esos textos nos presenta un detalle que merece nuestra atención: Jesús dio esa indicación 'mientras estaba comiendo con ellos' (Hech 1, 4). Una vez vuelto al Padre, la Eucaristía se convertirá para siempre en la expresión de la comunión de la Iglesia en la que Cristo se halla sacramentalmente presente. En esa cena de Jerusalén Jesús estaba presente visiblemente con su cuerpo resucitado, y celebraba con sus amigos la fiesta del Esposo que volvía para estar con ellos por algún tiempo.
4. Después de la Ascensión de Cristo, la pequeña comunidad continuaba su vida. Hemos leído ante todo que 'todos ellos (los Apóstoles) perseveraban en la oración, con un mismo espíritu, en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos' (Hech 1, 14). La primera imagen de la Iglesia nos la presente como una comunidad que perseveraba en la oración. Todos oraban para invocar el don del Espíritu Santo, que les había prometido Cristo antes de su pasión y, de nuevo, antes de su ascensión al cielo.
La oración (la oración en común) es la característica fundamental de esa 'comunión' en los comienzos de la Iglesia, y así seguirá siendo siempre. Lo demuestra en todos los siglos también hoy la oración en común, especialmente en su forma litúrgica, en nuestras iglesias, en las comunidades religiosas y, quiera Dios concedernos cada vez más esta gracia en las familias cristianas.
El autor de los Hechos de los Apóstoles pone de relieve la perseverancia de esa oración: una oración constante, regular, bien distribuida y comunitaria. Se trata de otra característica de la comunidad eclesial, heredera de la comunidad primitiva, que es modelo para todas las generaciones futuras.

5. San Lucas subraya también la 'unanimidad' de esa oración (homothymadon). Esta palabra contribuye a destacar el significado comunitario de la oración. La oración de la comunidad primitiva como sucederá siempre en la Iglesia. expresa y está al servicio de la 'comunión' espiritual y, al mismo tiempo, la crea, profundiza y consolida. En esta comunión de oración se superan las diferencias y las divisiones originadas por otros factores materiales y espirituales: la oración produce la unidad espiritual de la comunidad.
6. Otro detalle que destaca Lucas es el hecho de que los Apóstoles perseveraban en la oración en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos'. En este caso, se les aplica la palabra hermanos a los primos, que pertenecían a la familia de Jesús, y a los que los evangelios aluden en varios momentos de la vida de Jesús. Los evangelios hablan también de varias mujeres que se hallaban presentes y participaban activamente en la acción evangelizadora del Mesías. El mismo Lucas nos lo atestigua en su evangelio: 'Le acompañaban los Doce, y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes, Susana y otras muchas que les servían con sus bienes' (Lc. 8, 1.3). En los Hechos describe, asimismo, cómo se mantuvo esa situación evangélica durante los comienzos de la comunidad eclesial. Esas mujeres generosas se reunían en oración con los Apóstoles. El día de Pentecostés debían recibir el Espíritu Santo junto con ellos. Ya en esos días se vivía en la comunidad eclesial lo que diría luego el apóstol san Pablo: 'Ya no hay... ni hombre ni mujer, ya que todos sois uno en Cristo Jesús' (Gal 3, 28). Ya por aquellos días la Iglesia se manifestaba como el germen de la nueva humanidad, llamada en su totalidad a la comunión con Cristo.
7. San Lucas pone de relieve la presencia de María, la Madre de Jesús, en aquella primera comunidad (Cfr. Hech 1,14). Ya se sabe que María no había participado directamente en la actividad pública de Jesús. Pero el evangelio de Juan nos asegura que se hallaba presente en dos momentos decisivos: en Caná de Galilea, cuando, gracias también a su intervención, Jesús comenzó sus 'signos' mesiánicos, y en el Calvario. A su vez, Lucas, que en su evangelio destacó la importancia de María ante todo en la Anunciación, en la visitación, en el nacimiento, en la presentación en el templo y en el período de la vida oculta de Jesús en Nazaret, ahora, en los Hechos, nos la muestra como la mujer que, después de haber dado la vida humana al Hijo de Dios, está también presente en el nacimiento de la Iglesia, a través de la oración, el silencio, la comunión y la espera confiada.

8. El concilio Vaticano II, recogiendo esa tradición bimilenaria iniciada por Lucas y Juan, en el último capítulo de la constitución sobre la Iglesia (Lumen Gentium, VIII) destacó la particular importancia de la Madre de Cristo en la economía de la salvación, que se hace realidad en la Iglesia. María es la figura de la Iglesia (typus Ecclesiae), principalmente cuando se trata de la unión con Cristo. Y esa unión es la fuente de la 'communio ecclesialis', como hemos visto en las catequesis anteriores. Por ello, María está al lado de Cristo en la raíz de esta comunión
Es preciso notar también que la presencia de la Madre de Cristo en la comunidad apostólica, el día de Pentecostés, fue preparada de modo particular a los pies de la cruz en el Gólgota, donde Jesús dio la vida 'para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos' (Jn 11, 52). El día de Pentecostés este 'reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos' comienza a realizarse mediante la acción del Espíritu Santo. María .que Jesús entregó como Madre al discípulo que amaba y, mediante él, a la comunidad apostólica de toda la Iglesia. está presente 'en la estancia superior' (Hech 1,13), para lograr y estar al servicio de la consolidación de la 'communio', que, por voluntad de Cristo, debe ser la Iglesia.
9..Eso vale para todos los tiempos, incluido el presente, en el que sentimos particularmente viva la necesidad de recurrir a la mujer que es tipo y Madre de la unidad de la Iglesia, como nos recomienda el Concilio, en un texto que resume la tradición y la doctrina cristiana, y con el que queremos concluir esta catequesis. Leemos en él: 'Ofrezcan todos los fieles súplicas apremiantes a la Madre de Dios y Madre de los hombres para que ella, que ayudó con sus oraciones a la Iglesia naciente, también ahora, ensalzada en el cielo por encima de todos los ángeles y bienaventurados, interceda en la comunión de todos los santos ante su Hijo hasta que todas las familias de los pueblos, tanto los que se honran con el título de Cristianos como los que todavía desconocen a su Salvador, lleguen a reunirse felizmente, en paz y concordia, en un solo pueblo de Dios, para gloria de la santísima e indivisible Trinidad' (Lumen gentium, 69).

viernes, 24 de junio de 2011

NOVENA DEL SAGRADO CORAZON DE JESUS 2011

Primer día de la Novena
Tema: "La Iglesia, misterio de comunión fundada en el amor" (15.I.92)



1. Quiero comenzar también esta catequesis con un hermoso texto de la carta a los Efesios, que dice: 'Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo... Nos ha elegido en él antes de la fundación del mundo... en el amor, eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad... de hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra' (Ef. 1, 3.10). San Pablo, con vuelo de águila, con un profundo sentido del misterio de la Iglesia, se eleva a la contemplación del designio eterno de Dios, que quiere reunirlo todo en Cristo como Cabeza. Los hombres, elegidos desde la eternidad por el Padre en el Hijo amado, encuentran en Cristo el camino para alcanzar su fin de hijos adoptivos. Se unen a él convirtiéndose en su Cuerpo. Por él suben al Padre, como una sola realidad, junto con las cosas de la tierra y del cielo.

Este designio divino halla su realización histórica cuando Jesús instituye la Iglesia, que primero anuncia (Cfr. Mt 16,18) y luego funda con el sacrificio de su sangre y el mandato dado a los Apóstoles de apacentar su rebano. Es un hecho histórico y, al mismo tiempo, un misterio de comunión con Cristo. El apóstol no se limita a contemplar ese misterio; se siente impulsado a traducir esa verdad contemplada en un cántico de bendición: 'Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo...'


2. Para la realización de esta comunión de los hombres en Cristo, querida desde la eternidad por Dios, reviste una importancia esencial el mandamiento que Jesús mismos define 'el mandamiento mío' (Jn 15, 12). Lo llama 'un mandamiento nuevo': 'Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros' (Jn 13, 34). 'Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado' (Jn 15, 12).

El mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a sí mismo, tiene sus raíces en el Antiguo Testamento. Pero Jesús lo sintetiza, lo formula con palabras lapidarias y le da un significado nuevo, como signo de que sus discípulos le pertenecen. 'En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros' (Jn 13, 35). Cristo mismo es el modelo vivo y constituye la medida de ese amor, del que habla en su mandamiento: 'Como yo os he amado', dice. Más aún, se presenta la fuente de ese amor, como 'la vid', que fructifica con ese amor en sus discípulos, que son sus 'sarmientos': 'Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mi no podéis hacer nada' (Jn 15, 5). De allí la observación: 'Permaneced en mi amor' (Jn 15, 9). La comunidad de los discípulos, enraizada en ese amor con que Cristo mismo los ha amado, es la Iglesia, Cuerpo de Cristo, única vid, de la que somos sarmientos. Es la Iglesia-comunión, la Iglesia-comunidad de amor, la Iglesia-misterio de amor.


3. Los miembros de esta comunidad aman a Cristo y, en él, se aman recíprocamente. Pero se trata de un amor que, derivando de aquel con que Jesús mismo los ha amado, se remonta a la fuente del amor de Cristo hombre-Dios, a saber, la comunión trinitaria. De esa comunión recibe toda su naturaleza, su característica sobrenatural, y a ella tiende como a su propia realización definitiva. Este misterio de comunión trinitaria, cristológica y eclesial, aflora en el texto de san Juan que reproduce la oración sacerdotal del Redentor en la última Cena. Esa tarde, Jesús dijo al Padre: 'No ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mi, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado' (Jn 17, 20.21). 'Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí' (Jn 17, 23)

4. En esa oración final, Jesús trazaba el cuadro completo de las relaciones interhumanas y eclesiales, que tenían su origen en él y en la Trinidad, y proponía a los discípulos, y a todos nosotros, el modelo supremo de esa 'communio' que debe llegar a ser la Iglesia en virtud de su origen divino; él mismo, en su íntima comunión con el Padre en la vida trinitaria. Jesús en su mismo amor hacia nosotros mostraba la medida del mandamiento que dejaba a los discípulos, como había dicho en otra ocasión: 'Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial' (Mt 5, 48). Lo había dicho en el sermón de la montaña, cuando recomendó amar a los enemigos: 'Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos' (Mt 5, 44.45). En otras muchas ocasiones, y especialmente durante su pasión, Jesús confirmó que este amor perfecto del Padre era también su amor: el amor con que él mismo había amado a los suyos hasta el extremo.

5. Este amor que Jesús enseña a sus seguidores, como reproducción de su mismo amor, en la oración sacerdotal se refiere claramente al modelo de la Trinidad. 'Que ellos también sean uno en nosotros', dice Jesús, 'para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos' (Jn 17, 26). Subraya que éste es el amor con que 'me has amado antes de la creación del mundo' (Jn 17, 24).

Y precisamente este amor, en el que se funda y edifica la Iglesia como 'communio' de los creyentes en Cristo, es la condición de su misión salvífica: que sean uno como nosotros (pide al Padre), para que 'el mundo conozca que tú me has enviado' (Jn 17, 23). Es la esencia del apostolado de la Iglesia: difundir y hacer aceptable, creíble, la verdad del amor de Cristo y de Dios atestiguado, hecho visible y practicado por ella. La expresión sacramental de este amor es la Eucaristía. En la Eucaristía la Iglesia, en cierto sentido renace y se renueva continuamente como la 'communio' que Cristo trajo al mundo, realizando así el designio eterno del Padre (Cfr. Ef. 1, 3.10). De manera especial en la Eucaristía y por la Eucaristía la Iglesia encierra en sí el germen de la unión definitiva en Cristo de todo lo que existe en los cielos y de todo lo que existe en la tierra, tal como dijo Pablo (Cfr. Ef. 1, 10): una comunión realmente universal y eterna.